3.3.15

¡No tientes al destino!

La idea de este post surgió hace mucho mucho tiempo. Fue leyendo un post de Ana que concebí la expresión que da título al mismo. Es más, el comentario que hice en su post puede parecer muy simple, o cómico, no sé; pero realmente la expresión concebida es una advertencia, un grito, como el ¡No pasarás! de Gandalf al balrog de Moria.



Y sí, mi comentario, pues, tenía ese espíritu:

¡No tientes al destino!

Mi idea es seria pero, al escribir sobre el asunto, pensé usar un tono cómico. Primero, porque se trataba de dar seguimiento a una historia personal, que ya había tratado de manera cómica aquí, y, segundo, porque hablar con seriedad del destino, es muy complicado. ¡Más si todo parte de una calzoneta!

O dos.


Esa versión de post quedó en borrador. De él, solo la imagen sobre estas letras y la idea se mantienen. Una idea fija:

NO TENTAR AL DESTINO.

En 1993, alguien se saltó esa línea.  A propósito o no, tentó al destino, ¡por una calzoneta! Fastidiar todo, por algo tan absurdo como el largo de una calzoneta. Un error en su uniforme... pero no a lo Manchester. No fue un FLACAO, pues.

No.

Ese uniforme tenía correcto todo. ¡Todo! Su dorsal, los colores, la talla, ¡todo! Sin embargo, "estaba malo".

La historia.

En 1986, un terremoto dañó la escuela donde debía estudiar el año siguiente. Así, hasta 1993, recibí clases en otro local. Primero, compartiendo edificio con otra escuela. Luego, en un local provisional. Por eso, cuando reinauguramos el edificio, la alegría era suprema y más porque había una cancha de baloncesto propia.

Habría juegos intramuros.

Mi grado era favorito. Eramos muy muy muy favoritos porque eramos muy muy muy buenos al baloncesto. Además, por ser nuestro último año y por ser el primer noveno grado en salir del nuevo edificio, teníamos un aura especial rodeándonos.

Eramos Los Elegidos.

Si bien, nunca habíamos probado juntar todos los talentos para un algo común (todos eramos buenos por separado), esta vez, cual Guardianes de la Galaxia, al unirnos, logramos infundir temor solo con nombrar la alineación.


La cosa se fue poniendo más seria cuando creamos un logo para el equipo, no solo un nombre, sino un logotipo*, una marca. Una idea agrupándonos a todos. Y eso, en sí, era la señal más grande que los astros se había alineado en benificio nuestro. Luego, la elección del uniforme. Debía ser algo especial. Diferente. No usar la copia de tal o cual equipo. No limitarse a lo que estaba de moda. Había que ser selectivos. Otra vez, todos de acuerdo. ¡Ajá! ¡Todos para uno, uno para todos!

Se mandaron a hacer siete uniformes. Cada uno anotó en un papel su dorsal. La mayoría eran futbolistas jugando al baloncesto, y, por eso, anotaban el número con el que jugaban al fútbol. Solo hubo tres números que venían directamente del baloncesto. Entre ellos, mi dorsal: CERO CERO (00).

En honor a El Jefe.


Soy Lagunero (Lakers), pero a Robert Parish (y a los Celtic de Bird) siempre admiré. Que usará el CERO CERO en su uniforme me parecía algo original y digno de imitar. Por eso, en la hoja donde anotamos la talla y el dorsal con que debían venir los uniformes, escribí el CERO CERO.

Todo bien hasta aquí. 

El día que recibí el uniforme, había otro número en él. Un CERO NUEVE (09). Estaba claro que había un error. Me habían dado por equivocación el uniforme de otro miembro del equipo. Mi amigo, por cierto. Sin embargo, no había error. Me estaban entregando el uniforme con el debía jugar.

¿Se imaginan a Pelé o Maradona jugando con un 3 en su espalda? ¿Zidane con un 13? ¿Raúl con un 11? ¿A Jordan con un 6? ¿A Magic con un 72? ¿Lo imaginan?

Mi amigo, quien había elegido un 09 (del fútbol), tomó mi uniforme porque en el suyo la calzoneta era más corta. ¡Claro! ¡Había pedido una talla más chica! ¡La calzoneta va de acuerdo a la camiseta! 

Él recibió la talla correcta y el dorsal que pidió, ¿qué culpa tenía yo que su calzoneta fuera un poco más corta y que él fuera(es) un acomplejado para no enseñar un poco más de pierna? ¿No se puso a pensar que yo había elegido ese numero por una razón muy personal?

Para los otros "daba lo mismo" con tal de jugar o no jugar desnudos. Incluso ese fue el argumento que usó y sigue usando mi amigo para explicar por qué hizo tal cosa. El no iba a jugar con una calzoneta más corta. No le importaba usar un número del que no tenía ni idea (¡No tenías idea, W!). Es más, pudo haber jugado con cualquier otro número o sin ese uniforme. El quería jugar, y ganar. 

Y sí, le necesitabamos para ganar...

No sé por qué le cedí mi número. Yo era el menor de todos, pero eso no influía en ese entonces. Quizá me vi solo en mi idea. Nadie iba a entender de razones y destinos. Nadie realmente me apoyó. Ni él. Además, si sumamos dos más dos, da cuatro, y parecía razonable no armar escandalo por algo trivial como un dorsal. Tal vez fui comprensivo, y sabía que no podía obligar a mi amigo a jugar incómodo. O, no deseaba que se retirara del equipo. Ya todos habíamos pagado esos uniformes. Y sé que él, en particular, había pagado su uniforme del dinero que ganaba por su cuenta. 

No dije más. Tome el CERO NUEVE y jugué con él. Jugué con un número que no elegí.

Una de estas noches explicaba que el destino es inevitable. Está allí, esperándonos, pacientemente. Casi como un depredador. Vamos a él, poco a poco. No elegimos nacer. No elegimos dónde, ni cómo, ni cuando nacer. No elegimos nuestro color de piel, ni nuestra forma de cabello. No en principio. No elegimos qué idioma hablar primero o dónde comenzar a experimentar el mundo. Ni siquiera elegimos a nuestros padres, ni hermanos. Tampoco elegimos cuándo morimos, ni cómo. Ni siquiera los suicidas nacen pensando "tal o cual día moriré de esta forma". No. A medida que crecemos, nos vamos engañando, pensando que somos dueños y creadores de nuestro destino.

Error.

"Antes que te formaras en el vientre de tu madre te conocí". El hombre que fue marcado por esas palabras no eligió recibirlas. Un cigoto es la unión de un óvulo y un espermatozoide. Un espermatozoide o un óvulo, por sí mismos y separados, no son un ser, según la ciencia. Pero, según esas palabras, antes ya eramos, por tanto somos y seremos aquello que debemos ser.

No hay escape.

Perdimos la final contra octavo grado. Fue un partido confuso. Tocamos el cielo y luego bajamos al infierno, en segundos. La cosa se puso fea, frustrante. No pitaron muchas faltas técnicas, por reclamar lo justo ante lo injusto (la árbitro era orientadora de octavo). Nos expulsaron dos. A mi amigo, lo sacamos del juego por perder un balón. Discutimos entre nosotros. Nos hechamos la culpa entre todos. Ni el logo, ni el uniforme, ni todo el talento junto...

¿Hubiera sido diferente si hubiera usado mi CERO CERO, mi elección?

Quizá.

O no.

Conservo a mi amigo. O él me conserva a mi. Ese CERO CERO es una anécdota muy intima entre él y otros amigos cercanos. ¡Tentaste al destino!, le digo reclamando, siempre. Porque sí, todavía pienso que ¡no debió cambiar los uniformes! ¡no debió borrar lo trazado! ¡No debió meterse con lo que no comprendía!

Pero en secreto, en mi interior sé que si no ganamos, es porque no debíamos ganar.

Hay tres cosas que evité mencionar en el post, a propósito: un extraño corte de pelo que se manifestó ese día, una promesa que rompí antes del juego y las lágrimas de uno de los jugadores.

No tienen al destino.

Paz.


* Soy co-creador del logotipo, pero, por el momento, no tengo autorización para publicarlo.

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