23.2.17

Moonlight, búsqueda de identidad o dolor en tres actos.

Eres azul. Así es como te voy a llamar: Azul
(Moonlight, 2016)



Confieso que no esperaba mucho de Moonlight. Desconocía a Barry Jenkins, el director, que solo había dirigido Medicine for Melancholy (que no he visto) y nada más. Nadie del elenco es una estrella taquillera. Su temática en el género elegido para la película ponía la cosa muy confusa. Pero vi su video promocional...



Dos cosas llamaron mi atención: las productoras y sus imágenes. La gente de A24 y Plan B Entertainment, por separado, respaldaron proyectos buenos (La Bruja y Ex Machina, de A24 / Selma y 12 años de esclavitud, de Plan B). En teoría, si unían fuerzas, era por algo bueno. Las imágenes del video son poderosas. Me impactaron. La composición del encuadre, el colorido emocional. Su tono lírico. En cuanto pude, me puse frente a ella.

Moonlight resultó maravillosa. Su narrativa es exquisita. Me sorprendió la forma de desarrollar la historia, con todas las implicaciones del tema, usando el género guetto (hood film, para otros) como vía, sin tropezar, sin discursos forzados ni baratos, y, sobre todo, con esa expresividad semántica en sus encuadres, volviendo su visualización sensitiva, pero poderosa.

Moonlight no solo es buena. Frente a ella uno piensa en una obra maestra.

El cine ha sido factor de cambios. Películas han cambiado la forma del cine mismo como arte, pero también han impulsado cambios sociales, aunque en esencia el cine busca impactar al espectador, al individuo.

El Nacimiento de una Nación (D.W. Griffith, 1915) cambió formas técnicas y narrativas del cine, pero también tuvo un impacto social, siendo pionera en esa línea, aunque no tan impactante como El Acorazado Potemkin (S. Eisenstein, 1925), que cambió la estética del lenguaje cinematográfico e inspiró movimientos sociales en Europa. Sin duda el ejemplo más grande e inigualable a la fecha es El Triunfo de la Voluntad de Leni Riefenstahl, pilar propagandístico del fenómeno histórico más determinante de la era moderna. Todas ellas buscaron primero impactar al individuo, pues la sociedad cambia a partir de uno. Así, el cine se convirtió en semillero de ideas, en basa de movimientos sociales. Eso entendió Melvin Van Peebles en 1971 cuando él solo contra la corriente, contra el sistema e incluso contra la censura, escribió, produjo y dirigió Sweet Sweetback's Baadassss Song, pionera del cine guetto. Si bien el contexto histórico de la comunidad afroamericana era otro, la película en principio busca poner al individuo frente a un conflicto personal y social que debe resolver desde sí mismo. Luego, vendrían otras de diferente temática, por mencionar algunas: Do the Right Thing (S. Lee, 1989), Boyz n the Hood (J. Singleton, 1991), New Jack City (M. V. Peebles, 1991), entre otras. Todas con idea de impactar y producir cambios en la comunidad afroamericana y, de alguna forma, empatizarnos con ella.

Moonlight elige el cine guetto (hood film) como vía para mostrar la historia de un individuo en busca de su identidad personal en base a sus preferencias sexuales. Identidad que tropieza con la ignorancia, el miedo, los prejuicios y la confusión que se arraiga a la comunidad afroamericana. La película, sin llegar al discurso narrativo excesivo ni al drama forzado, expone una cruda realidad usando una semántica visual sin igual, apoyándose en diálogos precisos, actuaciones muy bien logradas y en un guión que supo aprovechar la historia que tenía a la mano.

No hay activismo en Moonlight, ni apasionamientos irracionales. Es la realidad expuesta en lenguaje cinematográfico. El discurso no necesita bocina ni cartel ni presentarse como tal. Basta ver lo que está frente a nosotros. Los matices están, pero es el espectador quien decide interpretarlos, sin ser empujado forzosamente. La película solo muestra un ser humano expuesto a lo que no elige y a lo que termina eligiendo.

Disiento de quienes ven a Moonlight como el Pulp Fiction del cine guetto. Si su estructura fragmentada le asemeja, le distancia su estética. Tampoco es comparable a Boyhood, aunque se identifique cierta emulación. Moonlight es al cine guetto lo que Off the Wall fue a la música disco. Minuto a minuto va superando las expectativas. No es un drama barato, ni la típica película de discurso antirracista. Moonlight es humanismo en colores.


El relato de Moonlight es duro. Dividida en tres partes: infancia, adolescencia y adultez, sigue momentos claves en la vida de Chiron, una afroamericano que crece en un barrio conflictivo donde las drogas, el abuso y la marginación son el pan diario.

Basada en una obra de teatro, usa un esquema similar al presentarnos la historia en tres actos.

i. Little


Todo pasa cuando uno es niño. Toda historia tiene un origen, un por qué. Esta primera, protagonizada por Alex Hibbert, un niño con pocos diálogos, demuestra mucha madurez del director. Hay en su desarrollo un ritmo atípico del género, llevando con mucha paciencia la historia, a veces filmando como un documental. La falta de diálogos en Chiron-niño no le resta dramatismo a su interpretación, logrando en ese silencio demostrar la impotencia que viene con la infancia de no poder cambiar muchas cosas. Los ojos de Chiron-niño expresan justamente el primer conflicto del individuo.

Sobresale mucho la actuación de Mahershala Ali quien personifica a Juan, quien será el primer referente de Chiron en la historia, dotándole al personaje un halo de mentor proveído por el destino. Una especie de guardián y guía para Chiron en el laberinto que deambula. Es él quien da sentido a la idea misma de la película. Es el encuentro entre estos dos personajes el punto de partida de la historia que es bien explotado por el guión, dándole un dramatismo lírico sin igual en el género a la historia.

Las escena en el agua con el niño en brazos de su protector es poética y potente. Es como un bautismo, como un renacimiento, como una iniciación. El climax de la relación entre ambos. Literalmente, a ese punto, la película se siente.


Muy convincente la actuación de Mahershala. Sus escenas claves están en el desenlace de esta primera parte que es la exposición dura y cruda de una realidad en la sociedad. Si el silencio de Chiron es reflejo de miedo, inseguridad y descuido de parte de una madre dogradicta, ¿cómo es posible que el valor, seguridad y protección provengan de quien vender droga a su madre?

Lágrima puras en la interpretación.

ii. Chiron


Si en la niñez se hacen las heridas, en la adolescencia se marcan las cicatrices. En esta segunda parte, o segundo acto vemos un Chiron más alto, pero más confundido. La elección de Ashton Sanders ayuda mucho en la continuidad del personaje. Su interpretación refleja perfectamente el estado de Chiron, un adolescente acosado, marginado y expuesto a una realidad familiar donde su único nexo con el mundo es una madre drogadicta y desequilibrada. Aquí se dan las imágenes más impactantes del filme. Aquí, la película golpea, y sangra al espectador. Aquí también se parten las aguas. El tema de la sexualidad del individuo coloca las cartas sobre la mesa.

Hay mucho valor en Jenkins. Evitar el activismo, el discurso, la promoción o la frivolización del tema de preferencias sexuales es difícil en el cine, y más dentro del género guetto. Jenkins escribe y filma con una madurez soberbia. Aquí, menos es más. Aquí el cine lleva de la mano la historia. Primeros planos para explorar miradas. Cámara girando sobre su eje para mostrar desesperación, acoso. Plano detalle de manos entrelazadas en la area para mostrar pasión. Jenkins lo hace perfecto.


Ashton interpreta bien, y, con más diálogos, nos presenta no solo el plano emocional de Chiron, sino el plano filosófico del mismo. Querer ser versus deber ser. Poder ser versus no saber qué ser. El resentimiento, la frustración, la ira...

Las miradas no engañan.

iii. Black



Menos poética, menos fuerte, la tercera parte, o acto final, no desmejora la película. Incluso, después de todas las sensaciones acumuladas, la serenidad y pausa con que se desarrolla la etapa adulta de Chiron solidifican el drama. Es casi obligada la reflexión en la adultez. Y las reflexiones llevan a conclusiones.

A Trevante Rhodes le toca interpretar al adulto incompleto a pesar de ir sumando aquello que determinó su actualidad. Un cierto vacío individual creado por decisiones propias, pero con una cantidad de efectos involuntarios que se acumulan bajo su rostro. Para eso, Jenkins usa como referente visual a 50 Cent. Inconfundible. Así, todos los elementos se ponen a mano para analogías y paradojas. El guiño visual, como cáscara. El arquetipo de lo que se supone debe ser la consecuencia de crecer siendo negro y pobre en un espacio marginal de la sociedad. Sobrevivir, y, de algún modo, ser alguien... pero Jenkins, al presentar así a Chiron como Black, tiene en mente romper esa idea visual.

— ¿Quién eres, hombre?
— ¿Quién, yo?, responde Black (Chiron).  

Si Juan (Mahershala) muestra el camino, Kevin (André Holland) ayuda a recorrerlo. Es el contrapeso de la tercera parte. La voz reflexiva, la luz. Él detona a Chiron en la segunda parte, aquí recoge el daño y pone vendas. Juan dice a Chiron-niño: un día tienes que decidir por ti mismo quien vas a ser. No puede dejar que otros decidan por ti.

— Sí, negro. Tú. ¿Esa pinta? ¿Ese carro? ¿Quién es Chiron?
— Soy yo. No trato de ser nadie más, responde Black.

La empatía, la complicidad, el amor... Chiron y Kevin no están frene a frente sin razón alguna. No es un simple porque sí.  Jenkins es valiente con la cámara. El ritmo del desenlace final no debe ser apresurado. No hay prisas, a pesar del vendaval de emociones que están latentes en ese momento. La película se siente.  André con sus pocos diálogos y tomas logra ser un personaje clave. Con un guión así, y con una dirección tan potente, no se puede naufragar.

— Te vi... y un minuto me di cuenta que no eras lo que esperaba. No es bueno ni malo, pero no es lo que esperaba.

La falta de identidad, o la identidad fallida. ¿No es ese el punto de la película? Ambos personajes vienen del mismo sitio, aunque no han pasado por las mismas circunstancias, sobrevivieron a su manera esa vida pasada, esa miseria, ese silencio, ese dolor.

Trevante convence, y conmueve. Sus ojos muestran todo el dolor contenido. Su voz, la voz de Chiron, es llanto disimulado.

— Nunca hice algo que realmente quisiera. Hice lo que todos pensaban que debía hacer. Nunca he sido yo mismo realmente.

Esa línea de Kevin resume todo.


Parece más fácil filmar en secciones, fragmentado. La continuidad es más fácil de sortear, se piensa. Pero no necesariamente es así. Personalmente pienso que es más difícil. La continuidad en el cine es básica. En la edición se pueden caer intensiones. Aquí hay oro por todos lados. La edición no debió ser fácil, pero la dirección es tan precisa que casi se edita filmando. Sorprendente.

Las mujeres, como yin y yang.

Naomi Harris interpreta a la madre de Chiron. Es en la historia el lado oscuro. Teresa, interpretada por Janelle Monáe, es la luz. Piedra y almohada. Grito y susurro. Golpe y caricia. Los únicos personaje femeninos principales que influyen en Chiron. Una, madre; la otra, amiga. Con algunas escenas de más, a mi gusto, pero bien trabajadas por las actrices. Quizá Naomi sobresalga debido a la caracterización que el guión le exige. Su última aparición en escena demuestra que Jenkins sabe dirigir actores.


Sorprendente para quien solo ha dirigido dos películas.

Moonlight es cine sin trucos. No busca simpatías. A Jenkins le insultaron desde su propia comunidad. Se puede estar de acuerdo o no con ciertos temas, pero nadie que haga una valoración estrictamente cinematográfica negara que esta es un película superior. Frente a ella una piensa en una obra maestra. Quizá Moonlight no busque cambiar el mundo, pero su luz puede ayudar a algún individuo.


De 2016, lo mejor.

Paz.




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