septiembre 11, 2026

Los zapatos parlantes



A Israelito.
Todo una noche antes.


 
 
Cuando papá enfermó, vino a vivir un tiempo con nosotros. Entre sus condiciones, pidió traer algunos tesoros personales que, a simple vista, parecían objetos sin importancia. Entre ellos, había una caja con un par de zapatos viejos de su época escolar. Estaban desgastados y rotos de la punta. Mostraban indicios de alguna reparación.

De la lista de objetos, esos zapatos eran un misterio y fueron el tema principal de conversación entre nosotros. Todos los que fuimos por sus cosas estábamos acostumbrados a rocas, plumas, hojas, troncos, recortes. Muy rara vez, alguna prenda, un pañuelo, una camisa, una bufanda o gorras.

Evitamos preguntar. Primero, porque sus temas personales había que abordarlos de forma casi mística, esperar una conjunción planetaria o un eclipse. Segundo, porque en esos días hablábamos más de su salud. Y tercero, porque nunca nos pidió abrir nada y, ese pequeño detalle, podía desatar una hecatombe.

Pero, las grandes avalanchas se inician con pequeños copos de nieve.

Mi hijo menor, pese a su corta edad, solía ser tan directo al preguntar que parecía estar declarando la guerra, salvando el mundo o creando otro universo.

— Abuelo, ¿por qué guardas unos zapatos rotos y viejos?, preguntó.

Nos petrificamos.

Los ojos de mi padre parecían meteoritos. Volteó hacía mi, responsable directo de la misión, luego hizo sentir su juicio a todos pero, después de un momento, sonrió plenamente.

— Por cosas del destino, o genética (decía mi papá), cuando era niño me eligieron para hablar frente a toda mi escuela en un acto cívico muy importante. Estaba entusiasmado y nervioso también.

Hizo una pausa. Suspiro. Cerró sus ojos e invocó sus recuerdos como a espíritus.

— Mi papá pasaba una mala racha de dinero. Mis zapatos estaban desgastados de tanto jugar a la pelota, yo no les prestaba atención, pero ese día noté que estaban abiertos de las puntas. No sabía cómo explicarme con papá y dije lo primero que pensé "papá, puedes comprarme otros zapatos para mi escuela pues los que tengo ya hablan, están todos rotos".

Todos reímos.

— Al ver mis zapatos, suspiró, y dijo "voy a comparte nuevos en cuanto pueda", pero interrumpí rápidamente, diciendo "mañana debo salir en un acto cívico, debo hablar frente a toda mi escuela".

Quizá fue el quiebre en su voz, o un recuerdo como brisa de mi infancia, pero quise llorar. Yo recordaba a mi abuelo como alguien que parecía tener todo siempre controlado. Nunca lo imaginé en una situación precaria. Mi padre nunca había mencionado carencias.

— Mi papá me hizo buscar un pegamento que guardaba en su cuarto y pegó mis zapatos. Me hizo lustrarlos, advirtiéndome que debía ser cuidadoso pues no sabía si iba a tardar en comprarme unos nuevos. "No tengas pena, yo pasé por algo así", me dijo, "nadie se fijará en tus zapatos si das un gran discurso". Le confesé que mi temor no era que me vieran con zapatos rotos sino olvidar lo que debía decir.

Todos reímos otra vez.

— Mi papá, con su sonrisa de escena épica final, me dijo "ahora tienes zapatos que hablan, si algo se te olvida, voltea a verlos y ellos te lo soplarán".

A quienes le conocimos, se nos hinchó el pecho de algo inenarrable.

Así recordaba a mi abuelo. Sentí la voz de mi padre como si era mi abuelo quien hablaba. Era como si el viejo estaba otra vez contando una de sus historias que parecían argumentos para cine.

— El día del acto me levanté temprano y me arreglé. Iba de gala. Ni pensaba en mis zapatos, hasta que en medio de mi discurso, frente a todos, con micrófono en mano, mi mente quedó en blanco por un segundo. Entonces, como truco de mago, bajé la vista, vi mis zapatos, y no sé si fue una dosis de adrenalina o un toque de magia, como mi papá decía, pero vi que uno de mis zapatos me decía lo que se me había escapado de la mente, y pude terminar pletórico mi discurso. Todos me aplaudieron. Todo fue espectacular.

Su rostro parecía el sol. Y nosotros nos llenamos con su luz.

— En la noche conté todo a mi papá. "rayos, ahora no puedes botar esos zapatos, les debes una", me dijo. Y desde ese día guardo los zapatos parlantes en esa caja y en mi corazón.



David E. Alvarado
El Salvador
®2026 DEARmente




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