1.2.12

The Descendants: un drama con epicentro en Hawái.


¿Qué haces cuando tu esposa, con quien no andan bien las cosas, tiene un accidente y queda en estado de coma? ¿Cómo manejas la situación con tus dos hijas con quienes tienes una relación más bien a control remoto? ¿Cómo evitas que esto afecte un decisión sobre un negocio familiar importante? ¿Te rindes, o sacas fuerzas de flaqueza esperando que todo vuelva a la normalidad para empezar de cero a arreglar tu vida familiar? ¿Y si los médicos te dicen que no hay más que hacer, que deben desconectar a tu esposa de la máquina que la mantiene respirando? ¿Y si en ese momento en que debes asumir su muerte te enteras que te era infiel?

The Descendants plantea esas preguntas a su protagonista, Matt King (George Clooney), quien debe resolverlas sobre la marcha mientras reasume el control de su hogar, evalúa la mejor opción de compra de unas tierras familiares, de las que es el administrador, y  mientras recompone sus ideas y sentimientos hacia su matrimonio y hacia el deber ser de un individuo.  Es durante la búsqueda del amante de su esposa donde encontrará las piezas adecuadas que resolverán muchas de las preguntas de arriba.

Hay varias historias en esta película. La principal, expuesta arriba vagamente para no arruinar la sorpresa de quienes no la han visto. La secundaria, o de soporte, que tiene que ver con el dilema de Matt y su familia sobre a quién vender (o no vender) las tierras que heredaron de sus tatarabuelos y todas las connotaciones que acompañan la decisión. Y la tercera, de fondo, la desmitificación de Hawaii.  El catalizador de las tres es Matt King.

La primera secuencia resuelve la tercera historia y la coloca de fondo: Hawái no es un paraíso donde se bebe agua de coco todo el día o se baila al son del Ukulele.  Es un ciudad tan mortal como todas. Un par de líneas en el guión dejan puesto el fondo para la película. La segunda historia es planteada magistralmente en una simple escena y deja servido todo para que la principal se desarrolle entre las dos primeras. Y el resultado, a mi gusto, es de aplaudirlo. Un guión fino, casi redondo. 

A esta le pusieron la viñeta de drama ligero. A mi, las viñetas no me parecen, pero son necesarias. Sin embargo, la viñeta puede desmeritar el producto. La situación es dramática, pero no se aprovecha de eso para sangrar hasta el melodrama, no. Tampoco hace giros experimentales propios del cine indie, no. No se juega con la audiencia, y se le entrega una historia muy directa pero sin complejidades.  Hasta hay espacio para la risa, más como moderadora que como recurso narrativo.

Es el tipo de películas donde la técnica cede paso a la narración. Claro, sin la técnica adecuada no es posible eso. Y pasa que no se nota si el primer plano acentuó esto o aquello, o si los fundidos dieron el ritmo adecuado o si el paneo lento dosificó la propuesta visual. No se nota, por ejemplo, que la cámara estuvo tan presente, porque ha firmado anónima. Eso solo lo puede lograr una gran dirección y un equipo serio de edición.

Luego, las actuaciones.  A George Clooney (ese batman sin suerte) no se le toma muy en serio, pero esta vez, sin dudar, ha realizado su mejor interpretación. Y es que no es necesario hacer histrionismo de manual para ello.  En su caso, basta con su evidente involucramiento en la situación emocional del personaje. La última escena junto a la cama de su esposa es muestra de ese proceso. Se hay hecho de una sola toma (a lo Nicholson en A Few Good Man) o se haya repetido decenas de veces (a lo Cruise en Eyes Wide Shut) debe aplaudirse en el acto.  Lo veo fuerte en los Oscar, aunque no es mi favorito.

Shailine Woodly, como Alex, la hija mayor de Matt (díganme que ya tiene 18, por favor) y Amara Miller, como Scottie, la hija menor, cumplen sin toser sus roles. Las breves apariciones de Robert Forster, como el suegro de Matt, le dan potencia al drama y Nick Krause, como Sid, amigo de Alex, pone el toque irreverente a la película.  Nadie sobra. Hasta los personajes que solo tienen un par de lineas valen el cheque de paga.

Esta, sin duda, voy a verla muchas veces más, lo sé.  Esta tiene el adn de las películas que gana premios sin importar la competencia. Alexander Payne ha hecho un trabajo extraordinario, tanto en el guión, con el que seguramente ganará el Oscar, como con la dirección, que es sin duda magistral. Poca competencia tiene Payne, pero la tiene, sí, y más por aquello de caer simpático que con hacerlo bien. 

Hay dos o tres fallos en la película que no mencionaré, porque se valen. Por lo demás, una buena película. Solemne, sin la pretensión de serlo, de la que seguramente escribiré en otra ocasión, pero como base de otro tema. Esta es de la universales, de las que si no la vez, puedes decir que te perdiste de algo único. Recomendada totalmente.

1 comentario:

W dijo...

De acuerdo a la reseña escrita parece una de las recomendables haré tiempo para verla un día de estos

Por cierto,Shailine Woodly nació en 1991, haz cuentas XD