8.3.10

Leer, y releer

— ¿Qué leés?
— Pedro Páramo.
— ¿No lo habías leído?
— Si, varias veces.
— ¿y?
— Me gusta.
— Ese es un libro para estudiantes, para la escuela.
— ¿Si? ¿Vos qué leés ahora?
— Nada.



***


Sí, he leído varias veces la única novela de Juan Rulfo. Me gusta. Acudo a ella cuando necesito recordar algunos pensamientos, o cuando necesito un comburente que me ayude a encender una chispa, una llama interna, un fuego.

Hay libros que jamás volví a leer.

Se dice que Alejandro Magno dormía con una copia de La Iliada bajo su almohada. Imagino que su interés por las rapsodias atribuidas a Homero iba más allá del conocimiento como tal. Me imagino que La Iliada fue su el comburente que encendió su llama de grandeza, su inspiración.

Tengo muchos libros. Unos sólo los he leído una vez. Otros tienen sus páginas gastadas de tantas ocasiones en las que he recurrido a sus letras. Algunos tienen un valor sentimental por haberlos adquirido en algún episodio singular de mi vida o por tener alguna dedicatoria escrita para mi, como el que me regalo mi maestra al terminar mi noveno grado.

Tengo una copia de Luz Negra, de Alvaro Menen Desleal, donde he hice anotaciones cuando, con apenas doce años, hice una puesta en escena de la obra en mi escuela. Le faltan páginas, lo cual tiene su explicación y su historia. En algunas de sus hojas hay unas manchas moradas de una sangre que se suponía debía ser roja. Ese es un libro simbólico para mi.

He leído Luz Negra infinidad de veces, sin cansarme. Mantengo una copia exclusiva para la lectura y la otra que mencioné, la de las manchas, como un recuerdo de gran valor sentimental.

Y así, tal como Pedro Páramo o Luz Negra, hay en mi "biblioteca" libros a los que acudo muy seguido, por placer o por inspiración. Desde poesía hasta recortes de periódicos viejos.

Hay algunos ejemplares que se han deteriorado de tanto leerlos, como El Vendedor Más Grande del Mundo, de Og Mandino, al que deje de acudir regularmente porque sus páginas comenzaron a desprenderse. Allí está, guardado, esperando reparación, o quedarse así como recuerdo invaluable.

Los parajes de la luna y la sangre, de Roberto Armijo, en una edición "de lujo" que publicó un conocido hace algunos años, aún se mantiene intacta, a pesar de la constante lectura.

Hay libros que los guardo por ser regalos, pero nunca alcancé a leerlos por completo. La última vuelta de tuerca, es uno de ellos.

Recuerdo que en cierta ocasión, alguien me vio leyendo Los nueve libros de la historia y me preguntó: ¿Para qué lees eso si no estás estudiando? ¿Para qué te sirve?

Debo confesar que no supe que responderle en ese momento. Probablemente la respuesta sólo me hubiera servido a mí, a nadie más.

Con los libros, me pasa lo mismo que con las películas: el que logra filtrarse a mi ADN se vuelve parte vital de mi existir, por lo tanto, debo acudir a ellos periódicamente, como cuando uno pone esa canción que ya escucho millones de veces pero siempre, siempre, siempre, logra encendernos los circuitos y mandarnos de viaje hacia otra dimensión.


***


PD:
La entrega de los Oscar estuvo bastante coherente. No me ha decepcionado, como en otras ocasiones. Felicidades a Argentina por El secreto de sus ojos, ganadora del Oscar a Mejor Película Extranjera. Ya tengo en mis manos dicho filme. Ahora lo veo en la noche.




2 comentarios:

Folósofo dijo...

A mi me pasa lo mismo con ciertos libros.
Luz negra. obra de arte

dear dijo...

Si, realmente, es algo que le pasa a cualquier persona realmente.