10.3.16

La manzana del rabino

Si tu n'aimes pas la prison, ne commets pas de crimes.


El relato a continuación está inspirado en una parashá que leí ayer. El comentario final, al citar la historia como un chiste, fue: este concepto tiene infinitas aplicaciones en la vida diaria.

No encontré referencias del chiste. La mención tenía otra intención en la parashá.

El cuento va así:

Cierto respetable rabino se sentía bastante molesto porque nunca había probado la carne de cerdo por no ser kósher, en otras palabras, por ser inmunda. 

Tal sentimiento estaba frustrandolo, así que ideó un plan: viajar a la isla remota más olvidada del planeta donde nadie le conocía y comer cerdo tranquilamente.

Y así lo hizo.

Al llegar a la isla, inmediatamente reservó una mesa en el restaurante más fino y pidió que le sirvieran el plato más caro y exquisito de cerdo que tuvieran en el menú.

Mientras esperaba ansiosamente su plato, escucha que alguien lo llama por su nombre desde un ricón del restaurante. 

Al voltear, descubre que diez de sus feligreses más devotos están allí también. 

Justo cuando éstos se acercan a saludarlo, llega el mesero con una bandeja de plata gigante con un cerdo asado entero con una manzana en el hocico.

El rabino, nervioso, mira tímidamente a sus congregantes y exclama:
¡Guau! ¡Pides una manzana en este lugar y mira cómo la sirven!

El chiste original no tiene título. Lo titulé como está escrito, pero pudo ser "El rabino que quería comer cerdo", u otro parecido, pero decidí dejar el que está adrede, como la frase en francés.

Por cierto, ¡reírse es kósher!,
como dice el dúo Tajer-Sacroisky.

¡No chupes los huesos!, pensé al leer el chiste, pues recordé el relato donde un soldado judío pregunta a su rabino qué debe hacer si es capturado por el enemigo y en prisión solo sirven cerdo como comida. ¡Eso o morir de hambre! El rabino responde que en ese caso puede comer carne de cerdo, pero no debe disfrutarla, ¡no debes chupar los huesos!

Pensé en las múltiples interpretaciones del relato. Hice un ejercicio de conclusiones basado en preguntas como ¿qué molestaba realmente al rabino? si no había probado nunca cerdo, no podía saber si le gustaba o no, o si era mejor o peor que la carne de res u otros alimento. ¿Qué hacían allí sus feligreses? ¿Le seguían? Si le seguían, ¿con qué intención lo hacían? ¿Imitarlo? ¿buscar ocasión contra él? ¿desconfianza? Luego, ¿por qué van a saludarlo? ¿cordialidad? ¿culpa propia? ¿invadir la privacidad? ¿acercarce para juzgar mejor? ¿tenían el mismo enfado del rabino? ¿habían tenido el mismo plan, la misma idea? ¿llegaron juntos o separados? Si eran tantos, ¿por qué no los vio el rabino? Y así...

La respuesta del rabino es ingeniosa. No niega que el pedido es suyo. Es más, lo acepta; pero evita asumir que realmente ordenó el cerdo para comerlo.

A todo esto, ¿por qué pedir el más caro? ¿No bastaba una chuleta?

No pude evitar pensar en esta imagen:


E imaginé al cerdo salir volando de esa situación tan embarazosa. ¡Ja!

La frase en francés que escribí al inicio dice si no soportas la condena, no cometas el delito.

Tengo mi conclusión al relato del chiste. 
¡Usted también!

Hay aspectos muy profundos en el relato, pero están implícitos. Lo evidente, pues, esvidente es. Sin embargo, la historia es más que una anécdota o moraleja de aspecto religioso. En el relato auxiliar, hay un hombre que no quiere comer cerdo y considera la posibilidad de morir de hambre antes de probarlo, pero su rabino le guía. El rabino del chiste desea probar la carne de cerdo, ¡quizá hasta chupar los huesos!

En ambas historias hay dos prisioneros. Uno, prisionero de otros; obligado. El otro, voluntario; pero prisionero de otros también. ¿No es porque los otros se acercan que se desliga del cerdo?

Quizá TODOS estaban allí por las misma razón que el rabino, pero es más fácil juzgarle a él, condenarle y, si pudieran, ¡apedrearle!

No buscaba salvar su vida. Renegaba de algo impuesto. Estaba enfadado por algo que no podía disfrutar, o tener la libertad de rechazarle después de probar. Hay frustración en su acción. Es prisionero de las palabras que repite y enseña, pero no quiere salir de la prisión con ese bocado, ¡no!

¿Y si culpamos al mesero? ¿Por qué no?
Quizá conocía al rabino (o a los feligreses) y le odiaba. O simplemente quizó poner a todos en evidencia. ¡touché! ¡jaque mate! 

Igual podríamos culpar al cerdo.

Por eso el relato me parece tan genial, pues admite muchas interpretaciones y discusiones. Y a mi, que me da por ver más allá de lo evidente, me da gusto compartir el tal con mis lectores. Por cierto, no crea quien ha leído hasta estas líneas que mi conclusión está escrita.

Paz a todos.



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